Aunque las mujeres no somos buenas para el consejo, algunas veces acertamos.
De devociones absurdas y santos amargados, líbranos, Señor.
El amor más fuerte y más puro no es el que sube desde la impresión, sino el que desciende desde la admiración.
En las amarguras desearéis la dulzura, y en la guerra, la paz.
Es gran bien tener deseos, ya que no pueden ser grandes las obras.
Es para mí una alegría oír sonar el reloj: veo transcurrida una hora de mi vida y me creo un poco más cerca de Dios.
Esta fuerza tiene el amor si es perfecto, que olvidamos nuestro contento por contentar a quien amamos.
He cometido el peor de los pecados, quise ser feliz.
La tierra que no es labrada llevará abrojos y espinas aunque sea fértil; así es el entendimiento del hombre.
La verdad padece, pero no perece.
La vida es una mala noche en una mala posada.
Las mujeres no necesitan estudiar a los hombres, porque los adivinan.
Lee y conducirás, no leas y serás conducido.
No son buenos los extremos aunque sea en la virtud.
Quien a Dios tiene, nada le falta. Sólo Dios basta.
Si en medio de las adversidades persevera el corazón con serenidad, con gozo y con paz, esto es amor.
Tengo experiencia en lo que son muchas mujeres juntas. ¡dios nos libre!.
Tristeza y melancolía no las quiero en casa mía.
Una cosa te pido, y es que no te dejes llevar por excesivos consejos. Es mejor que elijas un consejero que te aconseje sinceramente, y seguirlo. Cosa peligrosa es acompañar a muchos.
Vivir la vida de tal suerte que viva quede en la muerte.
Vivo sin vivir en mí y tan alta vida espero que muero porque no muero.
¡Ay que larga es esta vida! / ¡qué duros estos destierros! / ¡esta cárcel, estos hierros / en que el alma está metida! / Sólo esperar la salida me causa dolor tan fiero, / que me muero porque no muero.
¡Basta de silencios!¡Gritad con cien mil lenguas! porque, por haber callado, ¡el mundo está podrido!
Deje de creer en Santa Claus cuando tenía seis años. Mi madre me llevó a verle a unos grandes almacenes y me pidió mi autógrafo.
Eso, me dijo el jubilado, en el parquecito de Santa Fe frente a la Basílica de San Francisco, que a veces uno no desea morir -sólo a veces-.