Alma que vas huyendo de ti misma, ¿qué buscas, insensata, en las demás?.
Bajo el hacha implacable, ¡cuán presto en tierra cayeron encinas y robles!.
Cual si en suelo extranjero me hallase, tímida y hosca, contemplo desde lejos los bosques y alturas y los floridos senderos donde en cada rincón me aguardaba la esperanza sonriendo.
Es feliz el que soñando, muere. Desgraciado el que muera sin soñar.
Frío y calor, otoño o primavera, ¿dónde..., dónde se encuentra la alegría?.
Hermosas son las estaciones todas para el mortal que en sí guarda la dicha.
Hierve la sangre juvenil, se exalta lleno de aliento el corazón, y audaz el loco pensamiento sueña y cree que el hombre es, cual los dioses, inmortal.
Inexplicable angustia, hondo dolor del alma, recuerdo que no muere, deseo que no acaba.
La miseria seca el alma y los ojos además.
La que ayer fue capullo, es rosa ya, y pronto agostará rosas y plantas el calor estival.
Los que ayer fueron bosques y selvas de agreste espesura, donde envueltas en dulce misterio al rayar el día flotaban las brumas, y brotaba la fuente serena entre flores y musgos oculta, hoy son áridas lomas que ostentan deformes y negras sus hondas cisuras.
No importa que los sueños sean mentira, ya que al cabo es verdad que es venturoso el que soñando muere, infeliz el que vive sin soñar.
No son nube ni flor los que enamoran; eres tú, corazón, triste o dichoso, ya del dolor y del placer el árbitro, quien seca el mar y hace habitar el polo.
No subas tan alto, pensamiento loco, que el que más alto sube más hondo cae.
Puro el aire, la luz sonrosada, ¡qué despertar tan dichoso!.
Tras la lucha que rinde y la incertidumbre amarga del viajero que errante no sabe dónde dormirá mañana, en sus lares primitivos halla un breve descanso mi alma.
¡Cuán bella y caprichosa es la alegría!.
¡Oh tierra, antes y ahora, siempre fecunda y bella!.
¿Por qué tan terca, tan fiel memoria me ha dado el cielo?.