El hombre de Estado no tiene derecho a ser sentimental.
La simpatía es muy frecuentemente un prejuicio sentimental basado en la idea de que la cara es el espejo del alma. Por desgracia, la cara es casi siempre una careta.
Un sentimental es aquel que desea el lujo de una emoción sin tenerla que pagar.
Un sentimental es un hombre que ve un absurdo valor en todo, y no conoce el precio fijo de nada.