Cada uno de nosotros tiene a todos como mortales menos a sí mismo.
Es impío no el que suprime a los Dioses, sino el que los conforma a las opiniones de los mortales.
Inmortales, mortales, inmortales. Nuestra vida es la muerte de los primeros y su vida es nuestra muerte.
Las amistades deben ser inmortales; las enemistades, mortales.
Los hombres creen que todos los hombres son mortales, menos ellos.
Los hombres de estado son como los cirujanos: sus errores son mortales.
Los mismos cueros tenemos todos los mortales al nacer y sin embargo, cuando vamos creciendo, el destino se complace en variarnos como si fuésemos de cera.
No hay nada inaccesible a los mortales.
Son tantos los mortales que no pueden digerir la felicidad!. La felicidad no es cosa fácilmente digerible; es, más bién, muy indigesta.
Tal es la locura de los pobres mortales, que frecuentemente desprecian los bienes que pueden gozar, y suspiran en pos de los inalcanzables.
Teméis todas las cosas como mortales y todas las deseáis como inmortales.
Toda lágrima enseña a los mortales una verdad.
Todos nuestros enemigos son mortales.
Uno a uno, todos somos mortales. Juntos, somos eternos.
¡Oh, insensatos afanes de los mortales! ¡Qué débiles son las razones que nos inducen a no levantar nuestro vuelo de la Tierra!
¿Por qué buscais la felicidad, oh, mortales, fuera de vosotros mismos?